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Mexico
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La Cucaracha, la Cucaracha

El poeta y crítico literario Víctor Manuel Mendiola ve con dolor el desarrollo de su país, México. En una contemplación muy personal sueña con una época desaparecida— la Ciudad de México de su infancia.

Credits Texto: Víctor Manuel Mendiola Traducción del inglés: Richard Blackmore March 09 2013

La ciudad de México de mi niñez era todavía ese espacio transparente, templado y floral que había sido desde tiempos antiguos y que atrajo, desde los años treinta y hasta finales de los años cincuenta, a tantos artistas y poetas, en particular a los surrealistas.

En esa ciudad era común hallar— junto a los primeros rascacielos, los innumerables postes de luz, los tranvías y los automóviles— burros con cargas de leña o costales de maíz en los lomos, guajolotes arreados por hombres con sombreros de petate de alas anchas como sombrillas, parejas indígenas (los varones con calzón blanco, las mujeres con rebozo negro o azul oscuro), vendedores de flores, vendedores de camote con carritos de vapor cuyo silbato hacía un chiflido de tren, ropavejeros que empujaban amplias carretas llenas de trapos viejos y a veces, muy de vez en cuando, un domador con un oso acogotado y con una argolla atravesada en la nariz como si fuera un buey. Con frecuencia veíamos a lo lejos, en el oriente, los volcanes —el Popocatépetl y el Ixtlacíhuatl— y también podíamos admirar, en el sur, los verdes bosques negros —el Ajusco. En los primeros meses del año, en el cielo avanzaban enormes cúmulos de gigantescas nubes blancas —monstruosas fortalezas de aire— y en junio y julio caían las torrenciales lluvias que transformaban en un color azul plata toda la urbe y que habían provocado, quinientos años antes, el miedo y también la admiración de Hernán Cortés y sus soldados. Todo transcurría en un viaje inmóvil, como escribió Xavier Villaurrutia cuando dijo: “Vámonos inmóviles de viaje”. Sin embargo, nuestros padres nos advertían que no camináramos cerca de las cantinas y las pulquerías, donde hombres tambaleantes y con rostros feroces gritaban “No vale nada la vida / la vida no vale nada / comienza siempre llorando / y así llorando se acaba / por eso es que en este mundo / la vida no vale nada”. Canción de José Alfredo Jiménez que expresa un nihilismo que a los mexicanos nos gusta pero que también es, de alguna manera, un recuerdo remoto de la época violenta de la Revolución. Asimismo, cuando caminábamos cerca de las zonas militares, nuestros padres nos decían que en los cuarteles los soldados rasos o los sargentos fumaban una yerba apestosa y maligna y que era peligroso encontrarse con ellos. Casi siempre en esas ocasiones alguien podía cantar: “La cucaracha / la cucaracha / ya no puede caminar / porque le falta / porque le falta / marihuana que fumar.” Hoy ese mundo de música desdichada o socarrona, entre la tragedia y el cuento de niños, ya no existe o se ha transformado en una realidad tan inmisericorde y vulgar como magnética y asombrosa. El paraíso del Surrealismo, la ciudad que vieron con asombro Antonin Artaud, André Breton, Leonora Carrington y Sir Edward James ha devenido una modernidad o una postmodernidad tan incomprensible y avasalladora que ninguna explicación es suficiente para describir lo que sucede, para tratar de comprender cómo una metrópoli que se destruye todo el tiempo logra sobrevivir con más de veinte millones de habitantes y cómo aquí, aunque hay violencia, no se ha desatado una brutalidad descontrolada y más bien, al contrario, los que vivimos en este lugar, donde hubo un gran lago, siempre estamos buscando puntos de coincidencia y de solidaridad. Esa búsqueda quedó demostrada plenamente en los terremotos de mediados de los ochenta y en las manifestaciones, todos vestidos de blanco, contra la inseguridad del 2003, que el presidente Vicente Fox no escuchó y que López Obrador, como alcalde de la capital, embistió por considerarla un ataque a su persona.

El malestar de la ciudad y el malestar de nuestro país viene, ciertamente, de la pobreza y viene, asimismo, de la índole depredadora de los políticos y de los empresarios mexicanos, que al igual que los políticos y los empresarios de todo el mundo sostienen, por encima de los discursos, una actitud destructora, tanto en términos económicos como ecológicos y culturales. Pero el problema fundamental, lo que hace que este malestar se vuelva algo desconocido, es el tráfico de drogas y la fuente fundamental de ese trasiego no es México sino el mercado y el consumo de substancias narcóticas de los Estados Unidos y lo que lo alimenta y lo hace crecer cada vez más no es, de manera principal, la corrupción mexicana sino la inmoralidad de la sociedad de los Estados Unidos que ha permitido y ha encontrado lógico y natural la instalación de centenares de armerías en la frontera para vender pistolas, rifles de asalto y toda clase de explosivos precisamente a los criminales, a los traficantes de personas y a los traficantes de drogas.

México añora el paraíso en el que creyó vivir y que exaltó en la época de oro del cine, cuando actuaban María Félix y Dolores del Río. México sueña, muchas veces, con el rancho grande que un día fue y que despreciaron los empresarios y los políticos en nombre de un desarrollo mentiroso. Pero el sueño perdido, el paraíso perdido, el imaginario país naif no justifica que nos hallamos vuelto reos de los consumidores de drogas y de los vendedores de armas de la economía más grande del mundo. Como dijo el rector de la UNAM —el doctor José Narro Robles— nuestra nación no se merece este destino. Esta “danza de los vampiros” proviene muchísimo más del vicio y el machismo de los Estados Unidos que del machismo y de la picardía mexicana. No me cabe la menor duda de que la solución del problema implica la legalización de las drogas y el control de armas, pero también creo que se trata de valentía y de decisión moral: valentía del gobierno mexicano para apretarse los pantalones y decirle, una y otra vez, al gobierno de los Estados Unidos que ellos son culpables de esta situación; y decisión moral, por parte del pueblo norteamericano, para asumir que su aceptación de las armas ha ido creando con el paso del tiempo la afirmación del mal como principio de convivencia.

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